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Fue el movimiento más radical de todas las vanguardias aparecidas en las primeras décadas del siglo XX. Los dadaístas pusieron en tela de juicio la idea de Arte con sus provocaciones, sus manifiestos y sus revistas. E influyeron en la gráfica y en la publicidad posterior.
Tuvieron una breve y fragmentaria existencia (1916-1924) pero una prolongada influencia en las siguientes décadas del siglo XX. Los dadaístas eran provocadores, dispersos, contradictorios, heterogéneos… pero dejaron constancia de su enérgica existencia con más manifiestos y publicaciones que ningún otro grupo, movimiento o corriente, además de dar paso al surrealismo.
Los dadaístas eran, antes que nada, activistas que se manifestaban mediante las más diversas formas de expresión y proponían el “antiarte”. El más intelectual y político de los movimientos artísticos era, también, consecuencia de un momento histórico y de un conflicto bélico en el que murieron 18 millones de personas.
Al no existir un “filtro” disciplinario, se puede afirmar que no mostraban un estilo propio o común, reconocible, como en el caso de los cubistas, los futuristas o los constructivistas.
El primer manifiesto Dadá fue presentado por Hugo Ball, un poema leído en la primera Fiesta Dada, celebrada el 14 de julio de 1916 en el Waag Hall de Zurich, una vez cerrado el Cabaret Voltaire. Fue una performance completa. Se había iniciado una activa sucesión de veladas, exposiciones, lecturas y, muy especialmente, de edición de revistas dadaístas.
Tristan Tzara dió a conocer este movimiento denominado Dadá mediante una serie de manifiestos que pretendían animar a una rebelión radical y subversiva del arte y la literatura contra una sociedad que había convertido Europa en un enorme cementerio.
En su Manifiesto Dadá, escrito y publicado por Tristan Tzara en 1918 se podía leer:
“Así nació Dadá de una necesidad de independencia, de desconfianza para la comunidad. Aquellos que nos pertenecen conservan su libertad. No reconocemos ninguna teoría. Estamos hartos de las academias cubistas y futuristas: laboratorios de ideas formales. ¿Es que se hace arte para ganar dinero y acariciar a los gentiles burgueses?”
En otro pasaje de su manifiesto, Tzara afirmaba:
“La obra de arte no debe ser la belleza en sí misma, o está muerta; ni alegre ni triste, ni clara ni oscura, regocijar o maltratar a las individualidades sirviéndoles pasteles de las aureolas santas o los sudores de una carrera arqueada a través de las atmósferas. Una obra de arte jamás es bella, por decreto, objetivamente, para todos. La crítica es, por lo tanto, inútil, no existe más que subjetivamente, para cada uno, y sin el menor carácter de generalidad”.

